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“Hoy va a venir Ada, una grosa… somos amigos desde Sui Generis”, me dijo Charly con su sonrisa de hoyuelos. Corría marzo de 1987 y llevábamos días y noches dentro de los Electric Lady Studios. La gesta de Parte de la religión avanzaba imparable. De repente, la tal Ada Moreno traspasó el marco de la puerta. De look mitológico, ataviada de vinílico, rubia con flequillo, me recordó a la androide/replicante Pris del film de ciencia ficción Blade Runner. Tres décadas después, nos reencontramos de casualidad en un café de la Plaza Dorrego del barrio porteño de San Telmo. La estima estaba intacta. Me relató sus aventuras fascinantes, dignas de un thriller. “Jorge Álvarez siempre me decía que debía contar todo lo que vi”, confesó al despedirse. Desde entonces corrieron palabras suficientes para soñar con este libro.
Fernando Samalea
